Cuando la familia oblata comparte prácticas y saberes

Estos días tuvimos la suerte de vivir dos encuentros que, más allá de lo institucional, vinieron a recordarnos por qué el trabajo en red vale la pena. Porque compartir, escucharnos y crecer juntos no es solo un eslogan bonito, sino lo que nos mantiene vivas como familia oblata.

El primero fue con el equipo de CasAbierta, en Uruguay. Nos reunimos por segunda vez, esta vez de forma virtual. Pero lo lindo de este intercambio es la historia que lo precede. El año pasado éramos nosotras quienes las habíamos convocado, con la curiosidad puesta en sus prácticas y su manera de acompañar. Ahora el gesto se dio vuelta. Fueron ellas quienes nos abrieron la puerta para que compartiéramos nuestras propias experiencias. Y así, sin vueltas, se armó un diálogo horizontal, de esos donde nadie enseña desde arriba, sino que todas aprendemos de todas.

El segundo encuentro fue con el equipo de La Casita-Schönthal. Nos juntamos a charlar sobre nuestras prácticas, nuestras líneas de trabajo, lo que nos duele y lo que nos funciona. Pero lo mejor vino después. De esa charla empezaron a surgir articulaciones concretas. Estamos coordinando acciones conjuntas para un nuevo recorrido de trabajo de campo, y también la posibilidad de compartir recursos que fortalezcan lo que cada una hace en su trinchera.

Tanto CasAbierta como La Casita son parte de esta familia oblata. Y lo que pasa cuando proyectos así se conectan es hermoso de ver. Las miradas se potencian, las herramientas se multiplican, los caminos se vuelven comunes. Por eso, seguir generando estos espacios no es un lujo, sino una necesidad. Porque en red nos sostenemos, y así, nomás, seguimos fortaleciendo eso que nos convoca y nos hermana.

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