MAYO 23, 2011 – Yamardeajo.com.ar

Contó su caso a cada “cliente” hasta que la liberaron. Llegó de Paraguay con la promesa de un trabajo de mucama y terminó encerrada en un cuarto donde la obligaban a tener sexo con entre 7 y 10 hombres por día. “A todos les contaba mi pesadilla”, dijo.

Debía tomar una decisión que la marcaría por siempre. Y se animó: seducida por los relatos y las promesas de una prima, tomó el colectivo en Asunción con rumbo a La Plata, donde su pariente la esperaría con un puesto de mucama y la perspectiva de una vida alejada de la pobreza extrema.

La chica no había cumplido los 18 años cuando llegó con apenas un bolso y mucha ansiedad a la terminal de ómnibus platense, a principios del mes pasado. Como era menor, para pasar la frontera tuvo que mostrar el documento de su hermana, 10 años mayor que ella . Los controles de Gendarmería la cargaron de tensión, pero finalmente pasó como si nada . El peligro la estaba esperando en otro lado. Instalada en la Argentina, su pariente, quien se hacía llamar Lucía, le había prometido un combo dorado parecido a la panacea: trabajo, casa y comida .

Sin embargo, en cuanto bajó del micro la llevó a un departamento del centro de La Plata que pronto resultó un infierno para la muchacha paraguaya.

Allí la tuvieron 15 días recluída, obligada a prostituirse. Le quitaron todo. Mientras estuvo en La Plata, nunca pudo salir de ese lugar. Ni por un minuto . Vivió encerrada en una habitación oscura, sin ventilación, y con casi nulas posibilidades de higiene.

La transformaron en una esclava sexual: debía sostener los placeres de entre 7 y 10 hombres por día , que pagaban algo menos de 100 pesos por los encuentros con M.M. (como la identificaron en la causa judicial).

“Ahí (en esa casa) recibía a los clientes desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche. Yo lloraba todo el día, quería escaparme, pero no podía porque me dejaban todo el tiempo encerrada con llave. Me obligaban a hacer de todo . Yo intentaba negarme pero ellos (los “clientes”) me decían que pagaban, que no entraban gratis…”, contó M.M. a la Justicia. Pero no se dio por vencida: durante su cautiverio, le contó a cada uno de los hombres que pasaban a verla la situación que estaba viviendo . Así llegaron los allanamientos que permitieron su liberación.

El operativo ordenado por el fiscal Fernando Cartasegna se hizo hace un mes en el prostíbulo que funcionaba en la calle 48 entre 9 y 10, en pleno centro de la ciudad.

Cuando entró la Policía, encontró a M.M.

llorando detrás de una barra . Su pariente y carcelera alcanzó a escapar minutos antes.

La investigación se inició porque en uno de sus encuentros diarios, un cliente –un joven paraguayo– oyó sus ruegos y decidió ayudarla . “A todos les contaba mi pesadilla, pero no les importaba”, recordó M.M. El joven salió del prostíbulo y fue a hacer la denuncia policial. Allí se abrió una investigación y comenzaron las tareas de inteligencia ordenadas por el fiscal.

Los investigadores descubrieron que Lucía era la encargada de la agencia. Publicaba los avisos en internet y en los diarios. Recibía a la gente y controlaba los movimientos del lugar.

M.M. fue trasladada a un centro de atención de la Policía de la Mujer. En Paraguay vivía en una zona semi rural, en los alrededores de Asunción.

“Desconocía hasta el manejo de los celulares. Estaba en absoluta indefensión. No tenía manera de salir por sus propios medios de la situación a la que fue sometida ”, explicó el fiscal Cartasegna.

Una semana después de la liberación, M.M. consiguió los papeles necesarios para retornar a su tierra. “Nunca podré perdonar a esta gente. Todo esto fue un horror”, confesó antes de partir.

En los últimos dos meses, el fiscal Cartasegna desmanteló cinco “casas de citas”. En todas había menores o extranjeras indocumentadas. “Es una mafia en la que intervienen actores con diferentes roles: reclutadores, transportadores, entregadores y los que se encargan de la venta de sexo”, dijo el funcionario judicial.

“Es la exclavitud del Siglo XXI”, resumió el fiscal, que cuestiona la ley porque no establece la punibilidad de los clientes.

Por Fabián Debesa (Clarín La Plata)

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