Águeda era una hermosa mujer en la que se había fijado el poderoso prefecto Quinciano. Despechado por haber sido rechazado por ella, manda que la torturen y le corten los pechos. “¿No te avergüenzas de ordenar que corten a una mujer aquello de lo que tú mismo mamaste en tu madre? Pero debes
saber que en mi alma todavía tengo senos intactos; con ellos alimento todos mis sentidos, que desde joven consagré a Dios”, responde Agueda. Por ello es arrojada a las mazmorras y vuelta a torturar. Entonces un terremoto afecta a la ciudad. El pueblo le increpa al tirano que esto se debía al injusto suplicio al que había condenado a Águeda. Aterrorizado él, la envía nuevamente a la cárcel. Allí la Santa agradece a Dios por haber conservado su pureza y le pide que acoja su espíritu y muere. Se suceden luego varios milagros por lo que se la invoca como patrona y defensora contra el fuego. A ella se recurre en los temporales y terremotos. También es invocada por las mujeres cuando enferman de los pechos, sobre todo en el cáncer de mama.
Águeda nos deja como enseñanza que ante todo lo que te amenace, te hiera y te ponga enfermo, ante todo lo que lesione tu honor y tu dignidad, ten presente que hay en ti un espacio en el que nada ni nadie puede herirte.
Es el espacio en el que mora Dios. Ahí estás a salvo y eres todo tú. Ahí no penetran las agresiones. Ahí tampoco te afecta el fuego interior de las fuerzas agresivas. Ahí eres intocable, inviolable, te mantienes incólume e íntegro.

Fuente: Del libro “Cincuenta testigos de confianza” de Anselm Grün


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