Ciento sesenta y dos años son muchos años.

Alcanza para que cambien gobiernos, fronteras, costumbres y tecnologías. Alcanza para que desaparezcan oficios, nazcan países y se transformen ciudades enteras. Alcanza, incluso, para que muchas historias se olviden.

Y, sin embargo, hay historias que siguen.

Hace 162 años, en una casa de Ciempozuelos, comenzó una misión que se propuso algo tan sencillo y tan difícil como acercarse a mujeres que la sociedad prefería no ver. Mujeres señaladas, excluidas, relegadas a los márgenes. Mujeres cuya dignidad parecía importar menos para casi todos.

Ciento sesenta y dos años después, el mundo es otro. Pero no tanto.

Siguen existiendo mujeres atravesadas por contextos de prostitución, trata y exclusión social. Siguen existiendo desigualdades que expulsan, violencias que silencian y sistemas que convierten personas en mercancías. Siguen existiendo puertas cerradas.

Por eso la misión continúa.

No como una reliquia conservada detrás de un vidrio. No como el recuerdo inmóvil de un gesto heroico del pasado. Continúa porque cada día hay personas que deciden escuchar, acompañar, sostener procesos y defender derechos. Continúa porque sigue habiendo quienes creen que ninguna mujer debería atravesar sola sus momentos más difíciles.

Ayer celebramos un nuevo Día de la Misión Oblata.

Y lo hicimos trabajando. Porque quizás no exista mejor manera de celebrar una historia que detenerse a pensarla y seguir construyéndola.

El equipo de Puerta Abierta Recreando se reunió para reflexionar a partir del documento Tejiendo relatos de la Familia Oblata. Un texto que habla de una trama hecha de muchos hilos, de personas distintas que comparten una misma misión y una misma búsqueda.

Nos encontramos para mirarnos como proyecto, para preguntarnos quiénes somos, qué lugar ocupamos en esta historia que comenzó mucho antes de nosotras y cómo queremos seguir habitándola. Conversamos sobre nuestro compromiso cotidiano y también sobre un deseo que se vuelve cada vez más necesario. El deseo de seguir construyendo familia junto a otros proyectos, otras comunidades y otras personas que comparten esta misma pasión por la vida y la dignidad de las mujeres.

Las historias sobreviven cuando alguien las cuenta.

Las misiones sobreviven cuando alguien las encarna.

Ciento sesenta y dos años después, la pregunta sigue siendo la misma. Cómo hacer para que más mujeres encuentren un lugar donde ser escuchadas, acompañadas y reconocidas en toda su dignidad.

La respuesta, incompleta y siempre en construcción, continúa escribiéndose cada día.


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