POR NOEMÍ NICASTRO

El año pasado tuve la dicha de visitar la casa de Ciempozuelos. 

Corrí hacia ese espacio de luz, donde están Antonia y Benito. Emociona, las palabras están en el aire, la energía que se percibe remonta a los tiempos originarios de la Congregación. Es estar donde todo se inició con quienes dieron esos primeros pasos fuertes, comprometidos, difíciles. Hablé con Benito… 

Noemí –¿Benito cómo estás? Sé que vivías en el seno de una familia muy unida en medio de guerras y revoluciones, una infancia dura.

B. –Recuerdo que luego del entierro de mi padre, uno de mis tíos me trajo a la ardua realidad, me dijo “vos, ahora sos el varón de la familia”. Tenía apenas 11 años y vivía con mi hermana. De ahí en adelante fui cabeza de familia.

N. –Muy pequeño para tanta responsabilidad. 

B. –Sentí que Dios me estaba preparando, me daba un corazón compasivo formado en el sufrir para acompañar mi propio dolor y el ajeno. Veía a Dios en el encuentro con las personas que me ayudaron en mi camino.

En las escuelas Pías, mis maestros valoraban mi trabajo y me incentivaban a ayudar a quienes lo necesitaban.

Comencé a trabajar en un negocio de sombreros, me ayudaron en el pueblo.

N. –Lo contás con tanta tranquilidad. ¿De dónde sacaste esa paz y esa fuerza?

B. –Es la semilla de amor a Dios que habían dejado en mí esas personas. Por eso al pasar  con frecuencia por la iglesia Nuestra Señora del Mar rezaba siempre un avemaría. Me di cuenta que ese rezo era para agradecer y sentir ese vínculo con Dios que me fortalecía.

N. –¿Será que tanta avemaría te hizo pensar en tu vocación? 

B. –Una tarde hablamos con mi hermana: nuestra situación económica era buena, yo era un joven preparado y buen mozo. Me dice que iba a buscarme una mujer para que me case, yo le contesto: me iré de casa pero he decidido hacerme monje…

N. –¿Por qué  monje?

B. –Porque pude ver el camino  preparado por Dios.

Los tiempos difíciles me hicieron  pensar en lo esencial, apostar por lo que valía la pena. Para mí era Dios. Una gracia poder descubrirlo. Dejé todo. Dios me había mostrado de muchas maneras que me quería para Él. Puedo decir ahora que entregado a Dios recibí más de lo que hubiera imaginado.

N. –Si tuvieras que elegir mujeres que marcaron tu vida ¿a quienes nombrarías?

B. –Mi madre y mi hermana, me ayudaron a experimentar el cariño familiar.  Joséphine y Antonia me ayudaron en la misión. 

N. –Joséphine, sé que cuando la conociste ya habías oído hablar de Las Magdalenas y te habías contactado con personas que ayudaban a mujeres desahuciadas.

B. –Todo esto lo sabía, pero no me afectaba, no me tocaba el corazón. Joséphine me contó su vida: tenía 15 años cuando llegó de Francia a trabajar en una casa de familia, engañada, la echaron. Cuando la vi en el San Juan de Dios ya había pasado un año que estaba en la calle. Estaba sola con su belleza y su candidez, en ese invierno madrileño que la abrazó, ya nos imaginamos cómo terminó. Ya curada, la calle la esperaba. 

Inmigrante, joven, sin posibilidades, Joséphine cambió mi vida, hizo que la compasión y la justicia afloraran de una manera que me comprometía y me llamaba a una misión diferente.

No podía ser cómplice de la injusticia. Fue Jesús ante mí.

N. –¿Qué podías ofrecerle?

B. –Quería las mismas posibilidades que todos. Aunque temía sobre mi reputación de obispo, no podía entender por qué y cómo Dios me hablaba desde esta mujer, quería huir. A los pocos días, con Josephine y otra paisana suya, nos encontramos para rezar en la Capilla de Nuestra Sra. del Buen Consejo. Ellas decidieron seguir este nuevo camino que les ofrecía. Yo me comprometí a conseguir un asilo adecuado y una fuente de trabajo. Empezó LA MISIÓN.

N. –¿Fácil? Había que conseguir un lugar, dinero, maestras, todo.

B. –Sumado a mi vergüenza. Mis miedos no me abandonaron. Apareció en mis recuerdos esa mujer que había conocido en Palacio; educada, fina, delicada, con una elevada espiritualidad… Cuando vio el dolor de las mujeres y experimentó la posibilidad de compasión, dio su sí y nos encontramos trabajando juntos en una Casa en Ciempozuelos.

N. –Te cuento que las Oblatas, siguen tus pasos. ¿Qué le dirías a una mujer del siglo XXI?

B. –¿Podrías describirme un poco la actualidad?

N. –Vivimos con guerras diversas: religiosas, políticas, económicas, con el dolor de la pérdida y el arrebato de la vida y la dignidad. Familias destruidas, migraciones.

La mujer, con gran esfuerzo, logra igualdad de derechos con el varón, paralelamente sigue siendo víctima de abusos y de ser tratada como objeto. Padece la falta de educación y de igualdad de oportunidades. Tenemos adelantos tecnológicos que acortaron los tiempos de comunicación y a la vez gran incomunicación interpersonal. Nos sentimos solos. Las brechas sociales son amplias. La situación de la mujer en las calles es similar a la de tu Madrid del 1864.

B. –Seguramente ustedes se encuentran con muchas Joséphines. 

No desesperarse. Trabajen por la justicia. Sean tenaces.

Antonia me enseñó: sean pacientes, poco a poco, que la inmediatez no les gane.

La compasión ante todo, no es tener lástima, es poner pasión al dolor del otro para ayudar a que duela menos y a mejorar sus circunstancias. Quizás si lo escribo así se entiende más: con-pasión. 

N. –Benito, está en mi corazón la llama que vos encendiste hace tantos años. 

Llama de compasión, fuerza y tenacidad que te hizo decir “SI TODAS LAS PUERTAS SE LES CIERRAN, YO LES ABRIRÉ UNA”.

Tenemos la llave de la puerta del lado de adentro del corazón y es difícil abrirla. Vos tuviste miedos, nosotras también. Aprendamos como vos a afrontarlos y a seguir. 


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