Por Hna. Shirley K. Riva, osr.

“Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No se angustien por nada y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”…

Hermosas palabras que nos invitan a la confianza plena en Dios, iremos de a poco reflexionando en cada frase de este relato, que es un llamado a la alegría que da el sabernos en el camino de Dios.

Que la bondad de ustedes sea conocida por todas las personas… en un mundo convulsionado como hoy, esta invitación a ser bondadoso parece imposible ya que muchas veces nos gana el individualismo, la competencia, la rivalidad, la crítica y tantas malas acciones hacia los demás que hasta justificamos desde una sinceridad desmedida y en muchas ocasiones despiadada. 

Pero sin embargo, Dios confía en nosotros y nos sigue haciendo esta propuesta para hacer el bien y promover todo lo bueno hacia las personas que están a nuestro alrededor ¿será que nos animamos? ¿podremos invertir la crítica por reconocer algo bueno en el otro-a? ¿podremos no dejarnos llevar por el entorno y marcar una diferencia? Me gusta mucho esta frase de animarse a la diferencia y esta diferencia consiste en esto, en hacer lo inverso a lo que nos desvía del camino del bien. 

Aconsejaba San Ignacio de Loyola hacer lo contrario a lo que sugiere la tentación. Por ejemplo si te has propuesto orar media hora y a los quince minutos te ves tentado a terminar, proponte orar no sólo la media hora sino quince minutos más. Si lo haces así lograrás superar la tentación de recortar la oración y como al tentador le habrá salido “el tiro por la culata”, muy probablemente no volverá a ponerte esa tentación… Y así con todas aquellas que sabemos a conciencia son tentaciones que no vienen de Dios

Ahora bien, con esta certeza con la cual sigue la palabra de Filipenses, cómo no animarnos si “el Señor está cerca. No se angustien por nada y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios”.  Él conoce nuestro corazón, nuestros pensamientos bien nos lo dice el Salmo 139… Dios conoce todo de nosotros, antes que la palabra este en nuestros labios Él ya lo sabe, pero que importante es que podamos dedicar un ratito del día al encuentro profundo con Él para poder escucharlo. 

La rutina, el trabajo, el ritmo cotidiano muchas veces nos justifica para no dedicar un ratito de encuentro, y sólo desde este encuentro es posible el cambio, no para que Dios escuche, sino para que nosotros podamos escucharlo en nuestra vida. Seguramente tiene mucho para decirnos, seguramente en muchos momentos nos quiere decir que está con nosotros, que confiemos, que también él sufre con nosotros, que nos está sosteniendo, acompañando, desea darnos amor y confianza. “…Yo no te olvidaré, yo te llevo grabada en la palma de mi mano” (Is 49,15-16) 

Como así también animarnos ante las cosas buenas, disfrutar con los otros de los éxitos, de la vida, de los proyectos, de los sueños e ilusiones. Que importante que cada encuentro sea un diálogo y no un monólogo. 

No nos pasa a veces que llegamos de tomar un café con un amigo y nos damos cuenta que solo hablamos nosotros y él no nos contó nada de su vida, bueno, lo mismo algunas veces nos puede pasar con nuestra oración, hablamos mucho y no dejamos espacio para que nos hablen. Y volvemos a la misma pregunta anterior ¿será que nos animamos? ¿Será que podemos dejar a Dios hablar y tocar nuestro corazón?

“Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”… ¡Que belleza de final para el mensaje! La paz de Dios tomará bajo su cuidado los corazones y pensamientos, dejar nuestra vida en sus manos, bajo sus cuidados sabiéndonos acompañados en todo momento. Sabiendo que su presencia nos cuida, nos ilumina y nos ayuda aún en las peores situaciones de dolor y desconsuelo. Dejar a Dios ser Dios en nuestras vidas y confiar. Si prestamos atención a sus palabras su promesa no es de vida sin sufrimiento, sin obstáculos o sin momentos de desierto,  sino de “estar” a nuestro lado, de enviarnos su ayuda. 

Y esta ayuda o presencia, muchas veces no sabemos descubrirla o no sabemos reconocerla pero les aseguro que está y se hace presente de mil modos ya sea en una sonrisa, en un abrazo de esos que llegan en los momentos oportunos, en un mensaje, en una palabra que no esperábamos, en una rica comida, en un mate o café compartido, en una mirada de ternura, en un silencio que acompaña, en un esperar con la luz encendida cuando uno llega tarde, y tantos más… que pasan desapercibidos pero que si al final de cada día nos hacemos un ratito de pasar por el corazón cada encuentro seguro los descubrimos y nos damos cuenta que fueron esa cercanía de Dios. 

Te invito en algún momento que  puedas estar a solas con Él, poder poner la vida en sus manos y a modo de oración hacerte eco de estas palabras del canto de Marcela Gándara “Dame tus ojos”:

Dame tus ojos, quiero ver. Dame tus palabras, quiero hablar. Dame tu parecer

Dame tus pies, yo quiero ir. Dame tus deseos para sentir. Dame tu parecer

Dame lo que necesito. Para ser como Tú

Dame tu voz, dame tu aliento. Toma mi tiempo es para ti. Dame el camino que debo seguir

Dame tus sueños, tus anhelos. Tus pensamientos, tu sentir. Dame tu vida para vivir

Déjame ver lo que tú ves. Dame de tu gracia, tu poder. Dame tu corazón

Déjame ver en tu interior. Para ser cambiado por tu amor. Dame tu corazón. Dame lo que necesito para ser como Tú.

¡Alégrense siempre en el Señor! y sean buscadores de su presencia en los pequeños detalles de cada día. Amén

Categorías: capacitándonos

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