Libro: Tierra de compasión
Autor: Antonio Bellella Cardiel, cmd
Editorial: Perpetuo Socorro

Estaba cumpliendo a rajatabla el encargo que se me hizo al abandonar Perth; ahora, además, con mi condición de obispo resultaba más fácil atraer simpatías y ganar influencias. De un modo u otro, llovían las ayudas. Pasé un tiempo en La Cava, desde donde me dirigí a Nápoles y allí tuve la gran suerte de entrar en contacto con un conocido diplomático español, el Duque de Rivas. El me dio cartas de recomendación para altos representantes civiles y eclesiásticos españoles. Nunca hubiera imaginado que dios se valdría de este medio para conocer en Madrid a la mujer con la que en 1864 inicié el asilo de Ciempozuelos: la señorita Antonia María de Oviedo y Schönthal. Lleno de esperanzas feliz y orgulloso por mi condición de benedictino, misionero y obispo en Australia, en los primeros días del año del señor de 1849 salí para España casi 14 años después de haberla abandonado con la idea de no regresar nunca más.
Barcelona. Mi ciudad. Me costaba reconocerla. ¡Me resultaba tan cambiada! Había crecido tanto en esos años y parecía tan diferente; pero allí seguían Santa María del Mar y el carrer Sombrerers; y, sobre todo, la familia, mi hermana, mi querida hermana, a quien volví a abrazar después de 22 años. Ninguno de los 2 logró contener la emoción, pasamos interminables horas hablando, nos quitábamos las palabras. Tantas impresiones y gratas y en tan poco tiempo. Recordaba el salmo: el señor ha estado grande conmigo y estoy alegre. 
Llegaba a Barcelona como un hijo de la ciudad, que había destacado allende los mares, misionero y obispo en la mítica Australia, curtido en navegaciones y cargado de proyectos. Lo más granado de la ciudad quería conocerme y el pueblo sentía curiosidad por escuchar mi voz y saber de aquellas lejanas tierras, donde uno de sus convecinos ocupaba un lugar de honor. La campaña de la misión superó con mucho mis expectativas y, por si fuera poco los periódicos de la ciudad, casi sin pretenderlo, con solo hablar de mi presencia, me abrieron las puertas de la Villa y Corte de Madrid.
En el mes de marzo, un año y un mes después de dejar Fremantle, estaba en Madrid para proseguir la colecta a favor de nuestras misiones. Las cartas del Duque de Rivas hicieron su efecto y, en unas pocas jornadas, me vi lleno de más compromisos de los que podía atender. Tuve el gran honor de ser recibido por la joven Reina Isabel II que, además de agraciarme con la cruz de la real orden de Isabel la católica, me entregó un generosísimo donativo; también me recibió la Reina madre, María Cristina, en cuyo palacio, como he mencionado más arriba conocí a la Madre Antonia, entonces institutriz de sus hijas.
Nobles, políticos, ministros, burgueses, eclesiásticos destacados, gente del pueblo¡ aquello fue un desfile de generosidad! No me lo podía creer. Y yo en algún momento había pensado que las personas buenas habían acabado, y que en mi patria dominaba la impiedad ¡pedí perdón a dios por mi falta de confianza en su divina Providencia! Lo cierto es que todos, cada uno según sus posibilidades, fueron muy desprendidos. Poco a poco se estaba creando ese fondo que tanto necesitábamos para nuestra misión; pero aún faltaba lo más importante: buscar colaboradores y prepararles el viaje lo mejor posible. Para lo primero, mis hermanos benedictinos habían reclutado candidatos y me decían que el grupo ya rondaba los treinta. En lo segundo, la reina había prometido ayudarme a financiar la expedición, disponiendo, además, que un barco de bandera española saliera de Cádiz, con destino a Australia, y trasladara a los misioneros. 

En apariencia nada podía ser mejor, pero el enemigo todo lo enreda…
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