Por Fernando Guzmán

El 4 de agosto se cumplió un nuevo aniversario del asesinato de Enrique Angelelli, a manos de la dictadura cívicomilitar en la Argentina. 
Angelelli, obispo de La Rioja, fue un pastor preocupado y ocupado en la causa de Jesús, que tradujo sin ambivalencias como la causa de los Pobres y los Injusticiados: pequeños campesinos, obreros, sindicalistas, mineros, empleadas domésticas, etc.
Enrique Angelelli, el “Pelado”, asumió el obispado de La Rioja en un tiempo de altísima conflictividad, cuando el gobierno de nuestro país estaba en manos de las Fuerzas Armadas, quienes diseñaron y ejecutaron un Plan Sistemático de Exterminio, sembrando terror y muerte en nuestras tierras. En el resto de América del Sur, el Plan Cóndor desplegaba sus alas e iría contra todo lo que se opusiese: estudiantes, obreros organizados, partidos de izquierda y, también, religiosos y religiosas fieles a la causa de Jesús. Tal el caso de Angelelli.

En La Rioja, un puñado de familias eran dueñas de todo: tierras, comercio, industrias, etc. y contaban con personas en los más altos cargos de la política. El famoso esquema de la provinciafeudo tenía ribetes muy claros en suelo riojano. Angelelli no tardó en ser calificado de “obispo rojo” (asociándolo al comunismo), ya que su accionar y sus palabras se acercaron inmediatamente a las causas de quienes eran explotados y vulnerados en todos sus derechos y fueron lanza filosa contra la corrupción, la complicidad, los abusos, el “pecado social”
No tardaría en asumir en su propio cuerpo ese contraste de anunciar la vida y la justicia en un contexto de muerte y opresión, como fue la Dictadura. Por ello, sus allegados lo escucharon decir muchas veces: “Es mi turno”. El 4 de agosto de 1976, conducía su camioneta junto al sacerdote Arturo Pinto. Regresaban de Chamical, con dos carpetas que contenían información sobre los asesinatos de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. 
Lo que fue presentado como un accidente, el pueblo inmediatamente lo entendió como un asesinato y un martirio. Muchos –demasiados– años después, la Justicia y la Iglesia argentina constatarían esta primera y sabia intuición popular.
Calumniado, marginado, olvidado por la mayor parte de su propia familia eclesial, su luz no se extingue y hoy, como nunca, su mensaje traza una huella de compromiso y entrega para muchos y muchas.
Tomamos apenas dos de sus frases para iluminar nuestro presente:
“Con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio”.
En libertad, con el Espíritu agitando sus alas sobre nosotros, volver a esas dos fuentes inagotables de sabiduría: el Pueblo, el pueblo sufriente, el pueblo que nos ubica de nuevo (¿de qué se tratan nuestros problemas al lado del hambre, de la desocupación, de la desesperación por recuperar algo de dignidad?). También el Pueblo que a veces no queremos escuchar, porque nos dice lo que no es cómodo oír… Así y todo… ¡siempre postrados junto al Pueblo, siendo Pueblo!
Y el Evangelio, palabra de Dios que teje un hilo invisible de continuidad con tantos gritos por la vida y la justicia, aquí y ahora. Evangelio que no es juicio, sino apertura de horizontes; que no es receta, sino sugerencia cariñosa de otra vida posible; que no es siempre paz… (¡que no es siempre paz!), sino combate, contradicción, adversidad… Pero como viene de Dios, ¡nos confiamos!
“Hay que seguir andando nomás”.
Si hay frase para conjurar nuestro desaliento y para retomar las fuerzas que necesitamos para luchar… ¡es ésa! 
Vamos juntos y juntas, con lo que tenemos y adolescemos, con lo que conseguimos y perdimos, con nuestros pecados a cuestas: ya el mismo camino se encargará de reconciliarnos, si sabemos transitar los senderos que nos marcó Angelelli: los de la Verdad y la Justicia.
Gracias, Dios, por regalarnos estos testigos.
¡Su sangre derramada nos advierte ante nuestras tibiezas!

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