Fuente: Organización Mundial de la Salud

La mutilación genital femenina (MGF) comprende todos los procedimientos que, de forma intencional y por motivos no médicos, alteran o lesionan los órganos genitales femeninos. Estos procedimientos no aportan ningún beneficio a la salud de las mujeres y niñas.
Pueden producir hemorragias graves y problemas urinarios, y más tarde pueden causar quistes, infecciones, complicaciones del parto y aumento del riesgo de muerte del recién nacido. 

Posiblemente como resultado de la insistencia en las repercusiones negativas de la MGF en la salud, a causa de las condiciones poco higiénicas y cuidadas en las que se realiza, ha habido un aumento drástico en la proporción de operaciones de MGF practicadas por personal sanitario formado.
En la actualidad, el 94% de las mujeres en Egipto organizan para sus hijas esta forma «medicalizada» de MGF, 76% en el Yemen, 65% en Mauritania, 48% en Côted’Ivoire y 46% en Kenya. Este enfoque puede reducir algunas de las consecuencias inmediatas del procedimiento (como el dolor y las hemorragias), pero, como señalan la OMS y UNICEF, también tiende a eclipsar la vulneración que supone para los derechos humanos y puede obstaculizar la búsqueda de soluciones sostenibles para poner fin a la práctica.
En algunos países se ha registrado también un descenso de la edad a la que se somete a una niña al procedimiento. Esto podría ser en cierta medida consecuencia de la legislación contra la MGF: cuanto menor es la niña, más fácil es eludir el control judicial. Otro posible efecto adverso de la legislación es, como sucede a menudo con el aborto, la tendencia a empujar la práctica de la MGF a la clandestinidad o a alentar un movimiento transfronterizo de mujeres de un país en el que la práctica es ilegal a un país vecino que la permite.
Una tendencia alentadora que se observa consistentemente en los países para los que se dispone de datos obtenidos en al menos dos encuestas es la menor probabilidad de que las mujeres de 15 a 19 años hayan sido sometidas a la MGF que las mujeres de mayor edad. En casi todos esos países, el apoyo a la interrupción de la práctica es especialmente alto entre las mujeres jóvenes.


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