Por Lic. Sofía Zavala

El número de migrantes se incrementó un 49 % desde el año 2000 y alcanzó los 258 millones en todo el mundo, según la ONU (Naciones Unidas) en su declaración por el Día Internacional del Migrante del año 2017. De los que 26 millones son refugiados o demandantes de asilo, que representan un 10 % del total, y que, a diferencia del resto de migrantes, se concentran en su mayoría (84 %) en países pobres o con rentas medias. (Fuente: EFE-2017). Son hombres, mujeres, ancianos y niños que buscan un lugar donde vivir en paz y desarrollarse. Huyen de las guerras y del hambre, abandonan su tierra a causa de la pobreza y la degradación ambiental. Desean una vida mejor; se desesperan de no poder construir un futuro posible; de no encontrar trabajo o educación. Arriesgan sus vidas en penosos viajes, soportando cansancio y sufrimiento. 

En nuestra ciudad, cotidianamente convivimos con familias que han venido desde diferentes puntos del país y también de otros países. Ellos tienen el derecho a vivir como miembro de la familia humana y nosotros, los de aquí, tenemos la obligación correspondiente hacia ellos de acogerlos, ayudarlos, con acciones solidarias y fraternas; porque creemos que todos somos hermanos, hijos del mismo Padre Dios. Hombres y mujeres capaces de relaciones fraternas, para que en el ámbito social, político e institucional crezcan la comprensión y la estima recíproca entre pueblos y cultura. Ser parte de una sola familia, donde todos tienen  el mismo derecho a gozar de los bienes de la Tierra como nos señala la doctrina social de la iglesia. 

El Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (2018), comienza con el versículo: “El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como el indígena: lo amarás como a ti mismo, porque emigrantes fuisteis en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios” (Lv 19,34). Al respecto, el Santo Padre nos solicita a comprometernos como Iglesia a favor de los que más sufren y concretar la acción, conjugando cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.

Acoger,  recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades para que emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino. Obliga a formar adecuadamente al personal encargado de los controles de las fronteras.

Proteger, comienza en su patria y debería continuar en el país de inmigración, asegurando a los emigrantes una buena asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad y un acceso equitativo a la justicia.

Promover, quiere decir trabajar con el fin de que a todos los emigrantes y refugiados, así como a las comunidades que los acogen, se les dé la posibilidad de realizarse como personas en todas las dimensiones humanas queridas por el Creador.

Integrar,  no es una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. Solicitó una vez más en la necesidad de favorecer, en cualquier caso, la cultura del encuentro, multiplicando las oportunidades de intercambio cultural, demostrando y difundiendo las «buenas prácticas» de integración, y desarrollando programas que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos. 

Y consideró que para obtener los resultados esperados es imprescindible la contribución de la comunidad política y de la sociedad civil —cada una según sus propias responsabilidades—. La Sección Migrantes y Refugiados del nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, preparó “20 puntos de Acción”, como pistas concretas para la aplicación de los cuatro verbos en las políticas públicas, además de la actitud y la acción de las comunidades cristianas. 

(Para ampliar cada punto: https://migrants-refugees.va/es/) 

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