Libro: Tierra de compasión
Autor: Antonio Bellella Cardiel, cmf
Editorial: Perpetuo Socorro
Durante largo tiempo la iglesia había estado en la boca de todos y envuelta en pleitos y tribunales; urgía  recuperar la buena fama.
Puesto que escribo mis memorias y ya no tengo nada que perder, ahora intuyo que aquella situación me afectó profundamente y, de algún modo, ya no volví a ser el mismo. Se tardó largo tiempo en remediar los daños: solo la visita pastoral del arzobispo Polding, ya en 1852, logró tranquilizarme del todo y reconducir las aguas de la diócesis. Al final de ese mismo año, el P. Salvador, después  de arreglar en Europa los asuntos concernientes a Port Victoria y determinar –en diálogo con Propaganda Fide– que se quedaría en Nueva Nursia como misionero, pudo embarcarse hacia Australia. Llegó en marzo de 1853, trayendo consigo 42 monjes y operarios que, por la bondad de Dios, enriquecieron sobremanera nuestra iglesia local. Por fortuna, no todo eran dolores.
Monseñor Brady había empezado una obra que me correspondía continuar; de  hecho, aunque la gravedad de los acontecimientos parecía contradecirlo, la diócesis aún no había cumplido una década de existencia. ¡Quedaba tanto por hacer! ¡Ya era tiempo de ponerse manos a la obra y de sentar las bases para el futuro! Aquellos años fueron complicados, intensos y fecundos en obras. Ahora, por no tener muchos papeles a disposición, no me queda más remedio que mezclar un poco todas las cosas, sin aportar fechas y datos exactos. Espero que el lector me sepa disculpar.
En primer lugar era necesario que Perth contara con una iglesia digna, una futura catedral, y que el obispo tuviera una casa donde vivir con sus sacerdotes; así que en primera instancia me empeñé en que ambos edificios se levantaran cuanto antes. Simultáneamente mandé a construir templos en Fremantle, Guilford, Toodvay , York, Dardanup, Albany y Bunbury, y varias escuelas en las dos ciudades principales; la capital, Perth, y el puerto, Fremantle. Las comunidades cristianas tenían su casa y así también  se afianzaban la presencia de la iglesia en el occidente Australiano.
No descuidé las visitas a las cárceles especialmente a Rottnest Island, preocupándome intensamente por el bienestar material y espiritual de los presos que llegaban desde la metrópolis. Muchos de ellos eran católicos: intenté ser un padre para ellos y trabajar todo lo que pude para su recuperación. Y, por último, a menos de dos millas de Heart levanté un segundo monasterio benedictino, Nuevo Subiaco, con el fin de que en las inmediaciones de la ciudad también se cantaran sin cesar las alabanzas del Señor, y el ejemplo orante y laborioso de los monjes redundara en bien de todo el pueblo santo. Sé que esta decisión sorprendió y disgustó un poco a la comunidad de Nueva Nursia; pero como ya he repetido varias veces: soy benedictino de corazón y el mero hecho de poder acercarme a Nuevo Subiaco con cierta frecuencia, redundaba en bien de todos.
Huelga decir que para todo esto necesitaba fondos y que hubo que ingeniárselas para buscarlos. Nuestros humildes fieles verdaderamente generosos y Propaganda Fide nos ayudaba todo lo que podía; pero para avanzar y servir a los pobres de este inmenso país se necesitaba mucho más. Aprovechando que Monseñor Salvado podía hacerse cargo de la diócesis, en 1854 regresé a Europa, donde pasé más de un año de un lado para otro, revolviendo Roma con Santiago y colectando toda ayuda posible.

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