Libro: Tierra de compasión Autor: Antonio Bellella Cardiel, cmf Editorial: Perpetuo Socorro

Finalmente, la Madre Antonia emitió sus votos el día 25 de marzo de 1873; a partir de entonces, el Instituto comenzó a caminar, prácticamente, de su mano. Por cierto, no quiero dejar de decir que, mientras se llevaba a cabo este proceso fundacional, el número de internas crecía y a diario se vivían en la casa hermosas escenas de conversión y de arrepentimiento. Me sigo preguntando cómo la Madre Antonia pudo estar en todo en esos años tan intensos: no cabe duda de que la gracia divina le bastaba y la sostenía. Poco a poco, todo se iba consiguiendo.

Yo tuve un año de 1875 lleno de experiencias agradables, aprovechando mis viajes por Francia para enriquecerme con los bienes espirituales que le incremento de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús procuraba a toda la Iglesia. Por si fuera poco, el año 1876 fue todavía mejor, porque además de ver que en Ciempozuelos se establecía el primer Noviciado y un grupo de 16 jóvenes pedía vestir el hábito, el instituto pudo fundar fuera de este pueblo madrileño y comenzar a extender su beneficiosa obra e influjo en Vitoria y en Benicássim. En 1877 se fundó otra casa en Alacuás, cerca de Valencia; y en 1878 la Madre Antonia consiguió establecer en Madrid el Asilo de la Buena Dicha. Por si fuera poco, en febrero de 1879, el Cardenal de Toledo concedió la anhelada aprobación diocesana del Instituto: paso obligado para iniciar cualquier trámite ante la Santa Sede. 

¿Qué más se podía pedir? Se empezaba a crecer y se iba por buen camino. Es verdad que este primer desarrollo no estuvo exento de dificultades y que la disparidad de pareceres en alguna ocasión provocó cierto desasosiego, sobre todo tras la fundación de Vitoria. No obstante, yo daba gracias a Dios porque, sin apartarse lo más mínimo del espíritu original, el Instituto se desarrollaba a ojos vista y extendía su acción redentora a favor de la mujer por toda España.

En menos de 10 años de vida, la Congregación contaba con casi 30 hermanas, cinco casas y tenía un futuro prometedor; había afrontado serias dificultades y había sido sometida a la dura prueba, superándola a favor de la causa divina, signo evidente de que la Providencia de Dios la sostenía. La labor apostólica y redentora en favor a de las jóvenes hundidas en el pecado se vivían con toda dedicación, sin menoscabo de la vida regular y observancia. Recuerdo que en el día uno de enero de 1880, le dije a la Madre Antonia que aquel año cumpliría los setenta y que, por mi parte, ya podía morir en paz. Me apropiaba de las palabras del apóstol Pablo en su carta a Timoteo: He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me  premiará. Lo que no imaginaba es que solo un mes después la enfermedad se cebaría en mis ya cansados huesos y que, solo por la gran bondad de Dios, me serían concedidos unos años más.


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