Libro: Tierra de compasión
Autor: Antonio Bellella Cardiel, cmf
Editorial: Perpetuo Socorro
En apariencia nada podía ser mejor; pero el enemigo, que todo lo enreda, no miraba con buenos ojos el feliz desenvolvimiento de una empresa que tanto daño podía causarle…
Retrocedo unos meses cuando la noticia de mi nombramiento episcopal llegó a Australia, tanto el obispo Brady como el P. Salvado quedaron desconcertados. El primero porque veía que su enviado a Europa en busca de brazos y dineros para Perth, ahora tenía otra diócesis en que pensar y, lógicamente, era legítimo que buscara el propio interés; y el segundo porque creía que, con mi traslado a Port Victoria, todos los proyectos comunes para Nueva Nursia se desvanecían. Así que, de común acuerdo, decidieron que el P. Salvado viajara a Europa, pues la urgencia de recabar fondos para Perth era perentoria. El obispo Brady gastaba sin cesar y empezaba a estar acuciado por las deudas, hasta tal punto que la misma Nueva Nursia podía caer en manos de los acreedores. 
Yo tardé mucho tiempo en conocer los detalles y en enterarme de que el P. Salvado estaba en Europa y que el 15 de agosto de 1849 también había sido consagrado obispo. ¡Menudo enredo! Entre las distancias, la dificultad de comunicarse y las suspicacias mutuas, se generó una cierta tensión. El hecho es que M. Brady había pedido un coadjutor para Perth y la Congregación de Propaganda Fide, informándose de todos los pormenores había determinado lo siguiente: el P. Salvado sería obispo de Port Victoria y yo pasaría a ser obispo titular de Daulia y coadjutor de Perth, con derecho a sucesión. En cuanto a las limosnas ya recogidas, Roma dictaminaba que, según un criterio acordado por todos, se distribuyeran equitativamente entre las sedes de Perth y Port Victoria. 

Como he dicho todos los datos de este asunto solo los conocí cuando estaba a punto de embarcar para Australia. Entre tanto, no había perdido el tiempo si no que aproveché la ocasión para visitar Santiago de Compostela: el amado monasterio de San Martín y el altar de Nuestra Señora del Socorro. Desde Galicia viajé a Londres para informarme in situ (en el lugar) de las condiciones reales de Port Victoria y de los proyectos de la metrópoli sobre esta parte del imperio británico. Todo lo que vine a saber no pudo ser más desalentador, ya que nadie tenía intención de establecerse en un lugar tan incomunicado e insalubre. ¡Ahora resultaba que el P. Salvado era obispo de una colonia casi inexistente! ¡Qué arduos son los caminos del Señor! El mismo cargo que daba honores y franqueaba mil dinteles, conllevaba tantos o más sinsabores. Después de pagar la factura de unos terrenos adquiridos junto a Nueva Nursia y envuelto en un mar de dudas, dejé Inglaterra para disponer los últimos preparativos y partir de inmediato hacia mi destino misionero.
¡Había llegado la hora de la verdad! Octubre de 1849: Ya habían pasado casi 20 meses desde que dejé Australia y ardía en deseos de regresar; estaba satisfecho por el deber cumplido, aunque inquieto por el cariz que, sin esperarlo, habían tomado las cosas. Como estaba previsto, desde Cádiz nos hicimos a la mar 39 misioneros benedictinos (30 españoles, 8 napolitanos y 1 irlandés) en una corbeta de bandera española, La Ferrolana. El Señor me dio la de cal y la de arena: por una parte, antes de partir me concedió la gracia de poder abrazar al P. Salvado y aclarar con él todas las cosas; y, por otra, permitió que el viaje fuera un preludio de los dolores que me esperaban. Nuestro capitán y algunos de los misioneros hicieron difícil una travesía que, por larga y aburrida, se hizo doblemente ardua. Lo peor en cualquier caso, aún estaba por llegar pues poner el pie en Perth y empezar el calvario fue todo uno.

A partir de entonces, con motivo de la ordenación episcopal, comencé a firmar con el nombre de José María Benito. Esa era mi manera de dar gracias a Dios y a la buena Madre María, por todos los dones que sin cesar me concedía, a la vez que ponía mi servicio pastoral bajo su manto protector y depositaba en sus manos maternales las vidas de quienes quería evangelizar.

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